Luces, cámaras y… ¿adoración?: El peligro del espectáculo en la iglesia

October 25, 2026  •  Leave a Comment

En la actualidad, la cultura contemporánea ha transformado silenciosamente a muchas iglesias y servicios dominicales en una réplica de la industria del entretenimiento.

 

Cuando un lugar se diseña con luces de espectáculo, pantallas y efectos, se convierte en un escenario que activa nuestra necesidad natural de recibir atención, aplausos y aprobación.

El conflicto surge al superponer un discurso espiritual —"esto no se trata de mí"— mientras el cuerpo experimenta el protagonismo, generando una contradicción interna que equipara el liderazgo de alabanza con un concurso de talentos.

 

Aunque muchas comunidades de fe y templos escapan de esta realidad, esta tendencia se ha vuelto sumamente común en nuestros días.

 

Yo encuentro que este montaje contrasta radicalmente con el Evangelio. 

El corazón del mensaje de Jesús es la humildad voluntaria: Él caminó a ras de suelo, huyó de los aplausos masivos y prefirió la sencillez frente al lucimiento público.

Esta postura firme de Jesús se refleja de manera contundente cuando expulsó a los cambistas y comerciantes del templo. 

Al Jesús ver cómo el espacio sagrado se había convertido en un mercado de transacciones y en un negocio de apariencias humanas, su reacción fue de profunda indignación. Como relata el evangelio de Juan:

“Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y a las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado.” — Juan 2:15-16

Este pasaje ilustra con fuerza el rechazo absoluto de Jesús a cualquier estructura que convierta lo sagrado en un show comercial o en un escenario de lucro personal. 

Frente a esto, la verdadera adoración bíblica no depende de una escenografía deslumbrante ni de la perfección comercial, sino de encontrarse en espíritu y en verdad, desde un corazón quebrantado y sincero. 

 

Tal como Él mismo le recordó a la mujer samaritana: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).

Ahora bien, creo que reconocer esta trampa no justifica la mediocridad. 

Hay una gran distancia entre la sencillez y el descuido: el don que Dios otorga exige ser cultivado con disciplina, preparación y respeto técnico, sin caer en improvisaciones que distraigan a la comunidad.

La verdadera adoración trasciende la magnitud de la estructura o el tamaño de la iglesia, ya sea en un gran auditorio o en una iglesia pequeña. 

 

A Dios no le importa si el equipo de sonido es de última generación o si el grupo es famoso; lo que de verdad cuenta es la actitud humilde de quien entrega su talento. 

Cuando el ego desciende del escenario artificial, cualquier espacio se convierte en el altar genuino donde Dios es el único protagonista.

 


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