Frente a una tragedia donde tres niños pierden la vida, la primera demanda del corazón humano es la justicia.
Tres inocentes perdieron la vida, y eso va más allá de cualquier juicio sin resolver.
Sin embargo, cuando un jurado se divide y no se logra demostrar de forma unánime si Lindsay Clancy estaba en sus cabales o actuó bajo una crisis psiquiátrica severa inducida por medicamentos, experimentamos una dolorosa sensación de vacío e impunidad.
¿Cómo responder al dolor y pedir justicia por estos tres niños cuando la ley terrenal no nos da respuestas?
Para el Evangelio, la vida de cada niño posee un valor infinito y sagrado.
Las Escrituras nos recuerdan que los más pequeños ocupan un lugar de especial protección en el corazón de Dios.
El sufrimiento y la partida de los tres hijos inocentes de Lindsay no son invisibles para Dios.
Aun cuando en la tierra el proceso penal quede en un “limbo legal” y la duda impida que los tribunales dicten un veredicto definitivo, el Evangelio sostiene que las almas de estos tres niños están en la presencia inmediata del Señor.
Y están en donde ningún dolor ni violencia terrenal puede alcanzarlos jamás.
La división del jurado deja ver lo poco que puede hacer la ley humana:
Si lo hizo a propósito, faltó castigo; si lo hizo sin control por su salud o medicación, la ley no la considera culpable.
Ante la impotencia que genera no saber con certeza humana cuál de las dos realidades ocurrió, el Evangelio nos ofrece una certeza:
«la justicia de Dios no depende de un veredicto humano».
Sé con certeza que Dios estuvo ahí en todo momento. Él sabe si Lindsay perdió la cabeza o si lo hizo a propósito.
Ante el juicio perfecto de Dios, nada queda impune ni malinterpretado.
La justicia para esos tres niños no se pierde en los archivos del tribunal terrenal de Plymouth Massachusetts, sino que está garantizada por la verdad absoluta de Dios.
Cuando la ley de los hombres no logra un consenso y la duda prevalece, la sensación de impunidad es el golpe más duro para los familiares de las víctimas y la sociedad.
Sin embargo, la fe en el Evangelio me ha enseñado a no confundir la indecisión de un tribunal terrenal con la ausencia de la justicia de Dios.
La Biblia nos llama a dejar la sed de justicia en las manos de Dios quien es un Juez Justo.
Y nos exhorta a hacerlo no como alguien que se rinde, sino con la firme convicción de que Dios honra la memoria y la vida de los inocentes.
La soberanía de Dios nos asegura que el mal, la negligencia o la culpa, tendrán su debida respuesta en el orden celestial.
Sé que un juicio sin respuestas definitivas es un golpe muy duro para la gente y para nuestra fe.
Y lo es porque nos fuerza a aceptar la incertidumbre de no entender realmente lo que cruzó por la mente de Lindsay.
Lo que debemos de evitar a toda costa es permitir que esa duda se transforme en amargura o desesperanza.
Constantemente el Evangelio nos llama a poner nuestros reclamos en las manos de un Dios todopoderoso.
Por eso debo (debemos) recordar que Él es quien juzgará cada acción, cada pensamiento y cada padecimiento con perfecta justicia y misericordia.